La razón por la que el «para qué» es tan fundamental es porque el propósito lo es todo; es, de hecho, el criterio único para evaluar el significado de cualquier cosa en nuestras vidas. Jesús nos enseña que nada en este mundo tiene un significado inherente por sí mismo, sino que nosotros le otorgamos realidad y sentido según el propósito al que sirva en nuestra mente. Por eso, la pregunta que debemos aprender a plantearnos ante cada situación, relación o conflicto no es qué está pasando en la superficie, sino para qué quiero usar esto.
Para el Curso, el propósito y el significado son prácticamente sinónimos, y entender esto nos libera de la confusión de creer que los problemas están en el mundo externo. Verás, nosotros solemos perdernos en la «forma», que es lo que sucede físicamente, pero el Curso se centra exclusivamente en el «contenido», que es la intención mental que hay detrás. En realidad, solo existen dos propósitos posibles en todo el universo: el del ego, que busca reforzar la separación y la especialidad para mantenernos dormidos en el sueño, o el del Espíritu Santo, que busca deshacer esa separación a través del perdón para llevarnos de regreso a casa.
Fíjate qué interesante es esto cuando lo aplicas a tu vida cotidiana. El ego utiliza el mundo y el cuerpo como un escondite o una distracción masiva con el fin de que permanezcamos «sin mente» y nunca regresemos al poder de decisión que realmente tenemos. Su propósito es que nos veamos como víctimas de lo que ocurre fuera para justificar nuestra falta de paz. En cambio, cuando le entregas una situación al Espíritu Santo, Él no cambia lo que sucede externamente —la forma suele seguir siendo la misma—, pero cambia el para qué de esa experiencia. Lo que antes era una prisión de culpa, Él lo transforma en un aula de clase donde aprendemos que nada externo tiene el poder de quitarnos la paz de Dios.
Un curso de causas y no de efectos
Por eso Jesús insiste tanto en que este es un curso de causas y no de efectos. El mundo que vemos es solo el efecto de una decisión previa en nuestra mente, que es la causa real. Si nos enfocamos en el «qué» —el efecto—, estamos intentando arreglar la sombra en lugar de la fuente. Al preguntarnos «¿para qué es esto?», estamos devolviendo la atención al tomador de decisiones en nuestra mente, que es el único lugar donde se puede producir un milagro. El milagro, precisamente, consiste en ese cambio de propósito: dejar de usar una relación para atacar y empezar a usarla para perdonar y reconocer nuestros intereses compartidos con los demás.
Incluso cosas tan mundanas como el dinero, el trabajo o el sexo son en sí mismas neutrales y carecen de valor hasta que tú les asignas un propósito. Pueden ser instrumentos del ego para el abuso y el poder, o pueden ser recursos de enseñanza bajo la dirección del Espíritu Santo para demostrar que el amor es lo único real. Por eso no sirve de nada intentar cambiar el mundo o nuestra conducta externa sin antes haber cambiado el propósito en nuestra mente, porque un comportamiento útil fluye automáticamente cuando la mente ya no tiene culpa.
En última instancia, amigo, el «para qué» es lo que unifica tus objetivos y hace que lo que ves cobre un sentido real. Mientras sigas identificándote con los objetivos del ego, que son la supervivencia del yo separado, no podrás entender el propósito de nada y harás un uso indebido de todo lo que te rodea. Pero al estar dispuesto a renunciar a los objetivos que tú mismo le has adjudicado al mundo, permites que se te revele su verdadero propósito compartido: el perdón, que es la fuente de la verdadera felicidad y la única función que tiene sentido mientras estemos en el tiempo.
Al final, todo lo que nos sucede es una oportunidad amorosamente planeada para nuestro bien, siempre que elijamos que el propósito sea despertar.
Como influye nuestro propósito en la percepción del mundo
El concepto del propósito es, sinceramente, la columna vertebral para entender cómo funciona nuestra mente en el día a día según el Curso. Como te decía el otro día, el propósito lo es todo y es el único criterio real para evaluar qué significa cualquier cosa en nuestras vidas. Lo cierto es que nada en este mundo tiene un significado inherente por sí mismo, sino que tú le otorgas realidad y sentido según el propósito al que sirva en tu mente.
Si te fijas bien, nuestras percepciones diarias no son hechos objetivos, sino interpretaciones que seleccionan y configuran lo que vemos siguiendo las directrices de lo que queremos lograr en cada momento. En realidad, solo existen dos propósitos posibles que gobiernan todo lo que ocurre en nuestro mundo personal: el del ego, que busca reforzar la separación y el juicio para mantenernos dormidos, o el del Espíritu Santo, que busca deshacer esa separación a través del perdón para despertarnos.
Cuando elegimos el propósito del ego, el mundo se convierte en un lugar de «uno o el otro», un campo de batalla donde creemos que para que nosotros ganemos alguien tiene que perder. El ego utiliza el mundo y el cuerpo como una distracción masiva con el fin de que permanezcamos en un estado «sin mente», asegurándose de que nunca regresemos al poder de decisión que realmente tenemos.
Bajo esta mirada, cada situación diaria es un medio para probar que somos víctimas de lo que ocurre fuera y para justificar nuestra falta de paz echando la culpa a los demás. El cuerpo mismo fue fabricado por el ego para limitar el amor y para darnos una identidad separada que parece estar a merced de fuerzas externas. Así, mientras nos identifiquemos con los objetivos del ego, haremos un uso indebido de todo lo que nos rodea, buscando satisfacer necesidades de especialismo que nunca se colman del todo.
Sin embargo, en cuanto decides entregarle tu día al Espíritu Santo, el para qué de tu experiencia cambia por completo aunque la forma externa siga siendo la misma. Para el Espíritu Santo, el mundo se transforma en un aula de aprendizaje donde cada encuentro y cada problema se convierten en una oportunidad perfecta para practicar el perdón. Bajo esta nueva dirección, ya no usas tus relaciones para atacar o para obtener algo, sino como el medio para reconocer que tus intereses y los de tus hermanos son en realidad los mismos.
Este cambio de propósito es lo que el Curso llama un milagro, pues le devuelve a tu mente su función de ser la causa de tu paz y no el efecto del mundo. Al reconocer que tu única función real es perdonar, tus objetivos se unifican y lo que ves cobra un sentido de esperanza y libertad que antes no podías percibir.
Es fascinante darte cuenta de que no necesitas cambiar tu conducta externa ni dejar de hacer las cosas normales de la vida, como trabajar o cuidar tu cuerpo, para vivir con este nuevo propósito. Lo que cambia es tu actitud interna y a qué maestro decides escuchar mientras realizas esas actividades.
El cuerpo deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio de comunicación y un instrumento de enseñanza al servicio del amor. Cuando dejas de intentar arreglar el mundo externo y te enfocas en sanar el propósito de tu mente, descubres que nada fuera de ti tiene el poder de arrebatarte la paz de Dios. En última instancia, amigo, elegir el propósito del perdón es la única libertad que realmente nos queda en este sueño, y es lo que nos permite caminar por el mundo con una sonrisa, sabiendo que estamos a salvo en manos de un Maestro que solo desea nuestro bien.