El origen de tu mundo: la proyección
La proyección constituye el mecanismo fundamental que fabrica tu experiencia del mundo. Este proceso dicta que lo que ves “afuera” no posee una realidad objetiva e independiente. En realidad, tu mirada solo contempla el reflejo exacto de lo que previamente elegiste ver dentro de tu mente. La mente funciona como una cabina de proyección donde reside la película de tus pensamientos. El mundo físico actúa simplemente como la pantalla sobre la cual lanzas esas imágenes internas.
Estamos observando nuestra propia proyección, que en realidad viene de nuestra mente inconsciente. Es como cuando voy al cine. Quiero olvidarme de que no es real. Quiero que sea real, y mi atención se fija en la pantalla. Tal vez empiece a reaccionar a lo que ocurre en ella a medida que me meto en la historia, pero allí no está ocurriendo nada. La pantalla sólo es un efecto, y las imágenes que veo en realidad vienen de otra parte. Si intentara detener la acción que ocurre en la pantalla para cambiar sus contenidos, no serviría de nada. Pero hay un proyector. Está oculto detrás. Se supone que yo no tengo que pensar en él, y sin embargo es la causa. Lo que estoy viendo en realidad viene de allí.
Este principio invierte la lógica que el mundo acepta como normal. Generalmente crees que el mundo determina lo que percibes y sientes. Sin embargo, Un curso de milagros enseña que tus pensamientos determinan el mundo que ves. La percepción nunca es un hecho objetivo, sino una interpretación basada en tus deseos. Primero miras en tu interior para decidir qué clase de mundo quieres ver. Luego proyectas ese deseo hacia afuera y haces que sea real para ti mediante el acto de observar.
La unidad indivisible entre causa y efecto
No existe la percepción sin la proyección porque la causa y el efecto nunca están separados. En este sistema, tu mente representa la causa y el mundo percibido representa el efecto. Una causa solo adquiere significado si produce un efecto, y un efecto no puede existir sin una causa que lo origine. Por lo tanto, el mundo que contemplas y la mente que lo soñó constituyen una sola unidad indivisible.
La ley inmutable de que las ideas no abandonan su fuente sustenta esta conexión. Esto significa que el pensamiento de separación jamás salió de la mente para fabricar un universo físico autónomo. Aunque tus ojos te informan de un mundo externo, ese mundo sigue estando en la mente que lo proyectó. No puedes contemplar nada externo si primero no albergas un sistema de pensamiento interno que proyectar. La percepción funciona como el testimonio externo de tu estado mental previo.
El propósito del ego y la proyección como velo
El ego utiliza la proyección con un propósito defensivo muy específico. Busca liberarse de la culpa interna tirándola sobre los demás para que ellos parezcan los responsables de tu malestar. De esta manera, el ego te convence de que eres una víctima inocente de un mundo hostil que escapa a tu control. Al ubicar el problema fuera de ti, el ego asegura que jamás regreses a la mente para cambiar tu decisión original.
En nuestros corazones, cada uno de nosotros parcialmente identificado con nuestro ego le teme a su función debido a que ésta procede de Dios. Al salir a nuestro rescate, el ego nos ofrece un medio a través del cual podamos ponernos “a salvo” de esta amenaza. En la Parte I vimos cómo el ego nos aleja del verdadero problema en nuestra mente al convencernos de que el problema radica en otro lugar. Para lograr su propósito de dirigir nuestra atención lejos de la culpa, el ego nos ocasiona una serie interminable de pseudo problemas que sirven como cortinas de humo o señuelos para distraernos del lugar hacia donde debemos mirar en realidad.
Kenneth Wapnick – El perdón y Jesus
Para que este truco funcione, la mente debe olvidar que ella misma fabricó lo que está viendo. El ego interpone un velo de olvido o negación que corta la conexión consciente entre el pensamiento y la imagen. Así, te encuentras reaccionando a las figuras de la pantalla como si tuvieran vida propia. La percepción engaña porque se diseñó para informarte sobre ataques y diferencias. Sin el pensamiento previo de juicio en tu mente, los ojos del cuerpo no tendrían nada que mostrarte.
La curación mediante la inversión del proceso
La verdadera sanación requiere que reconozcas que el mundo no te está haciendo nada a ti. Eres tú quien se está haciendo todo esto a sí mismo a través de sus proyecciones. El milagro consiste precisamente en devolverle a la mente su función de causa. Al retirar tus proyecciones, dejas de ver enemigos externos y empiezas a ver espejos de tu propio estado interno. Esta inversión te devuelve el poder de elegir un maestro diferente para interpretar lo que ves.
Cuando eliges al Espíritu Santo, Él no cambia las formas externas del mundo, sino su propósito. Lo que antes servía para condenar y separar, ahora sirve para perdonar y unir. La percepción sigue siendo una ilusión, pero ahora refleja tu deseo de despertar en lugar de tu deseo de seguir durmiendo. Al final, comprenderás que la proyección y la percepción solo existieron para mantener una identidad que nunca fue real. La paz llega cuando reconoces que no hay nada afuera porque nunca abandonaste la unidad de tu Fuente.